“Para mí, el teatro tiene un rol educativo y de memoria: contar lo que pasó y ponerlo frente a la comunidad”
Jorge González Troncoso nació el 7 de agosto de 1965 en el puerto de Mejillones, es actor de la Compañía de Teatro de la Universidad de Antofagasta y diseñador gráfico publicitario de profesión.
Con 35 años de trayectoria, ha participado en más de 60 montajes teatrales, destacando por su expresividad, manejo corporal y talento musical. Su trabajo no solo ha brillado en el escenario, sino también en proyectos con fuerte sentido social, especialmente en procesos teatrales inclusivos con personas en situación de discapacidad y adultos mayores.
Artista de raíces nortinas, Jorge mantiene viva la pasión que lo impulsó desde niño: usar el arte como puente para conectar, emocionar y transformar.
¿De dónde surgió la inclinación por las artes escénicas?
Yo provengo de Mejillones. Nací y me crié allí hasta los 15 o 16 años. Desde pequeño estaba el “bichito” del arte en mí. Cualquier compañía de teatro que llegaba o velada artística del colegio, me parecía muy interesante así que me gustaba participar. Tuve una profesora muy especial, de castellano. Ella nos pedía trabajos teatrales en lugar de evaluaciones tradicionales. Ahí descubrí lo que me apasionaba: hablar, interpretar, decir un texto. Esa fue mi primera incursión en las artes. Después vinieron intentos fallidos de aprender algún instrumento, pero siempre me gustó la música, la poesía, el dibujo. Recuerdo un concurso de poesía en Mejillones, con un grupo llamado Génesis Poético. Escribí un poema pequeño, gané y me regalaron un camioncito. Puede que ese juguete se haya perdido, pero el recuerdo y esa primera emoción quedaron para siempre.
Desde tu experiencia, ¿cómo describirías la evolución del teatro en la Región?
La compañía de teatro de la Universidad de Antofagasta lleva 63 años, y eso ha sido muy importante para la Región. El norte tiene trayectoria artística: en la época del salitre ya había zarzuela, música y compañías que pasaban primero por aquí antes que por otras ciudades del país. Cuando entré a la compañía, en 1990, ya era un grupo consolidado con actores formados, algunos incluso perfeccionados en el extranjero. Muchos veníamos de otras profesiones: yo soy diseñador, había profesores de música, de castellano… pero el amor por el teatro nos unía. Con el tiempo, se sumaron nuevos actores y nació incluso la carrera de Artes Escénicas. Hoy en la Región hay muchos grupos, iniciativas pequeñas y un movimiento teatral constante. Eso me enorgullece.
Han sido más de 60 montajes en tu trayectoria. ¿Qué aprendizajes te han dejado?
El teatro me ha dado la posibilidad de ser muchas personas, de atravesar distintas emociones, situaciones y circunstancias. Es un privilegio que no todos los actores en Chile tienen: estar en las tablas tanto tiempo, con el respaldo de una institución como la Universidad de Antofagasta.
¿Hay algún personaje que recuerdes con especial cariño?
Siempre se recuerdan las primeras experiencias, pero sin duda, El Lazarillo de Tormes, en 1994, fue especial: mi primer protagónico, dirigido por Ángel Lattus. La obra era parte de los planes de enseñanza media, así que recorrimos Chile y estuvo en festivales. Fue muy lúdica, con música en vivo, y hasta hoy la gente me dice: “Yo lo vi en El Lazarillo cuando era chico”. Esos recuerdos quedan.
¿Cómo dialoga el teatro con la identidad nortina y su historia minera y portuaria?
El teatro siempre dialoga con la identidad del lugar donde se instala. Vivimos en una región árida, marcada por conflictos históricos como la matanza de la Escuela Santa María o la de Plaza Colón. El teatro ha llevado esos episodios a escena. También hemos montado obras de Hernán Rivera Letelier, que reflejan la vida de la pampa. Para mí, el teatro tiene un rol educativo y de memoria: contar lo que pasó y ponerlo frente a la comunidad.
Según tu mirada ¿Cuáles son los principales desafíos para el desarrollo cultural en Antofagasta hoy?
Primero, la infraestructura. He tenido la suerte de trabajar en un teatro universitario que pronto se reinaugurará y podrá albergar a más compañías. Pero necesitamos más espacios para que la cultura se desarrolle. El otro desafío es la accesibilidad: que las entradas no sean caras y que el teatro no sea un privilegio solo para algunos. Que sea multicultural, diverso y abierto a todos.
Después de tantos años, ¿Qué es lo que te sigue motivando?
Agradezco todos los días poder levantarme y decir: “Tengo trabajo”. No todos los actores en Chile pueden hacerlo. He sido formado por grandes maestros como Teresa Ramos, Ángel Lattus y colegas de gran nivel. También me motiva transmitir lo aprendido: he trabajado en academias, con jóvenes y con personas en situación de discapacidad visual. Ellos me enseñan tanto como yo a ellos. Lo que me mueve es seguir aprendiendo y que Dios me dé fuerzas para continuar haciendo lo que amo.
¿Qué mensaje darías a los jóvenes artistas nortinos que sueñan con el teatro?
Que no declinen. El teatro es hermoso, pero requiere dedicación, entrega y pasión. El talento viene después. Al inicio se cerrarán puertas, pero si insisten, se abrirán mil ventanas.