“La identidad antofagastina está marcada por la resiliencia, somos el corazón que bombea riqueza hacia Chile”
Gabriela Carrasco Urquieta es una mujer con un recorrido inspirador en el mundo del derecho y la gestión pública. Abogada y magíster en Gobernanza Territorial y Políticas Públicas, con especialización en Derecho Ambiental, Gabriela ha combinado la academia, la defensa de los derechos humanos y la gestión social en nuestra región.
Ha formado a generaciones de estudiantes en universidades como la Católica del Norte, Santo Tomás y la ULARE, enseñando temas tan relevantes como derecho internacional, derechos humanos y políticas públicas. Su compromiso también se ha reflejado en terreno: trabajó en el Instituto Nacional de Derechos Humanos apoyando a víctimas y capacitando instituciones, y además ha impulsado la inclusión de personas con discapacidad desde el Centro de la Mujer Sorda.
Fue Directora Regional de la Dirección de Obras Hidráulicas del Ministerio de Obras Públicas, donde integró su experiencia jurídica con una mirada social y territorial. Una voz clave para entender cómo avanzar hacia una Región más justa, participativa e inclusiva.
¿Qué significa para ti Antofagasta y cómo influyó en tu decisión de dedicarte al derecho y a la gestión pública?
Para mí, Antofagasta lo es todo porque es parte de mi identidad. Representa una forma de lucha que se traduce en progreso, pero también en compartir ese progreso con el resto del país. Me recuerda a esas películas donde un equipo al que nadie le tiene fe termina ganando el campeonato. Aunque no tengan recursos ni apoyo, tienen las capacidades para llegar lejos. Eso me inspiró a incorporarme al derecho y, después, a las políticas sociales: ver que la potencia existe, pero necesitamos personas comprometidas con el territorio para que esa capacidad se manifieste de verdad.
Desde niña, ¿qué recuerdos tienes que marcaran tu vocación?
Más que recuerdos puntuales, fue mi experiencia vital. Mi mamá era enfermera y muchas veces la acompañaba al hospital porque tenía turnos extensos. A veces estaba enferma, pero siempre quiso estar con los pacientes y nunca se cambió a una clínica privada, porque decía: “Yo no puedo ocupar una cama que le corresponde a alguien más”. Eso me marcó profundamente. Aprendí que si queremos cambiar algo, primero tenemos que ser capaces de ponernos en el lugar de los demás. Desde ahí nació mi vocación: sentir que debía hacer algo, aunque no supiera si resultaría.
¿Qué caracteriza, a tu juicio, la identidad antofagastina?
Yo digo que Antofagasta es como una veta de mineral. A simple vista se ve dura, fría, agreste… pero cuando rompes la roca, encuentras tesoros: el cobre, la plata, y sobre todo las personas. Cuando logras pasar esas capas iniciales, te encuentras con gente valiosa para toda la vida. La identidad antofagastina está marcada por la resiliencia. Somos el corazón que bombea riqueza hacia Chile, y como buen corazón, tenemos que resistir los embates del cuerpo. Eso es lo que nos caracteriza: la fuerza y la capacidad de surgir, aunque siempre con sacrificio.
Has formado a muchas generaciones de estudiantes en universidades locales. ¿Cómo ves el rol de la academia en el desarrollo regional?
El rol de la academia es preponderante. La Región debe sostenerse en un trípode: lo público, lo privado y lo académico. Cada vez que formamos personas, aportamos a la riqueza generacional, al crecimiento económico y social. Pero falta algo: inculcar amor por el territorio. Me gustaría que los estudiantes no solo pensaran en irse a Santiago u otras ciudades, sino en quedarse aquí para hacer crecer la Región. Antofagasta debería tener una identidad académica fuerte, con especialización en minería, derecho ambiental, derecho minero… Estamos en el corazón de la minería, y ese conocimiento debería quedarse acá.
Has trabajado en inclusión, especialmente con mujeres sordas y personas en situación de discapacidad. ¿Qué aprendizajes te dejó esa experiencia?
Fue una de las experiencias más enriquecedoras. Incluso hice mi tesis sobre acceso a la justicia para personas sordas. Muchas veces seguimos en la lógica asistencialista, cuando en realidad debemos entender que las barreras las crea la sociedad, no las personas. Si no derribamos esas brechas, seguimos perdiendo talentos y riquezas humanas que son parte de la Región.
Desde tu mirada, ¿qué mensaje darías a los jóvenes antofagastinos que quieren aportar desde lo social o académico?
Les diría: busquen lo que los hace felices, lo que hace vibrar su corazón, y compártanlo en comunidad. Si te gusta el teatro, organízate con amigos y monta una obra; si lo tuyo es la academia, especialízate y vuelve a enseñar aquí; si estudias derecho, haz clínicas jurídicas en tu barrio. Todo eso es tejido social.