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“Antofagasta permitió a mis ancestros salir de la pobreza y formar familia, es una tierra generosa con el trabajo humano”

Fabiola Rivero es feminista, abogada, académica, madre y orgullosamente antofagastina. Transitó entre la educación pública y privada, camino que la llevó a estudiar Derecho en la Universidad de Antofagasta, donde se graduó con honores y más tarde se especializó en género, derecho penal y bioética. Ha marcado hitos: fue la primera abogada regional del Instituto Nacional de Derechos Humanos y la segunda mujer en asumir como gobernadora de la Provincia de Antofagasta.

Pero detrás de la jurista también hay sorpresas: fue cheerleader, tiene cinta roja en ninjutsu y le encanta bailar swing con la comunidad de Antofagasta Swing. Hoy combina su vida como académica en la Facultad de Ciencias Jurídicas, asesora del Comité de Ética de la Investigación Científica y abogada de ejercicio libre, con un sello único de cercanía, rigor y alegría que la caracteriza.

¿Qué recuerdos de tu infancia y de tu familia han marcado tu manera de mirar y querer Antofagasta?

Mis recuerdos de infancia están en pleno centro. La casa materna estaba en calle Matta y la paterna en calle Esmeralda, entre Prat y Baquedano. Soy hija del centro histórico de Antofagasta y desarrollé gran parte de mi vida en ese espacio. Fue una infancia muy tradicional, resguardada, con una fuerte impronta católica porque mi mamá estudió en un colegio de monjas. Tengo muchas historias asociadas a esa religión en mis primeros años.

¿Tienes algún recuerdo especial de lo que ocurría en el centro de nuestra ciudad hace décadas atrás?

Sí. Alcancé a ver cuando las juntas de vecinos elegían a la Reina de Antofagasta, se organizaban muchas actividades de verano. El más importante era el festival de carros alegóricos que se hacía en el balneario. Yo esperaba con ansias el aniversario de Antofagasta porque traían artistas de primer nivel. Nunca olvidaré cuando vino la banda nacional Los Tres el mismo año que vino Lucybell; como fanática de Los Tres, estuve ahí. Fueron veranos muy lindos.

¿Cómo influyó estudiar en colegios tan distintos, desde la educación pública hasta la privada, en tu visión de la comuna?

Mi mamá era profesora de matemáticas y conocía bien las falencias del sistema público en los 80. Por eso mis padres hicieron un esfuerzo grande para pagarme colegios privados. Sin embargo, la crisis económica los obligó a cambiarme a escuelas públicas, algo que hoy veo como una gran oportunidad. Me sacaron de la burbuja y conocí diversas realidades de Antofagasta. En la Escuela 16 de Niñas, frente a un hogar de menores, hice amistades que conservo hasta hoy. Luego en la Escuela E-79, conviví con hijos de pescadores, funcionarios públicos, militares, comerciantes sexuales y mineros de Codelco. Esa diversidad me enseñó a tener una visión heterogénea, libre de prejuicios, que todavía me acompaña.

¿Qué te llevó a elegir Derecho y cómo se conectó con tu amor por Antofagasta?

Mi formación católica me inculcó el amor por el prójimo. Además, crecí en los 80 viendo cómo los derechos de los trabajadores eran vulnerados. Mi papá trabajaba con un sistema de turnos agotador, dormía menos de 10 horas entre jornadas. Eso me marcó. Al mismo tiempo, gracias a mi madre y mis abuelas, cultivé desde niña la autonomía femenina. Comprendí que la independencia de las mujeres dependía de conocer y defender nuestros derechos. Todo eso me llevó a estudiar Derecho en la Universidad de Antofagasta, que elegí por ser laica, a diferencia de mi crianza católica.

Fuiste la segunda mujer en asumir la gobernación de la Provincia de Antofagasta ¿Qué significó para ti abrir camino en esos espacios en cuestión de género?

La verdad es que recién ahora, a mis 48 años, me doy cuenta de que he colaborado en abrir caminos para las mujeres más jóvenes. No siempre fui consciente de ello. Hoy siento la responsabilidad de decirles que pueden equivocarse, que no deben postergarse, y que lo que hagan debe resonarles en lo profundo. También les digo que el trabajo es una forma de ganarse la vida, pero no puede ser toda tu vida. Intento transmitirlo a mis estudiantes, a las amigas de mi hija y a ella misma: debemos vivir con gozo, sin culpa ni sacrificios innecesarios.

¿Cuáles dirías que han sido los principales desafíos que has enfrentado dentro de tu profesión?

Han sido tres. El primero, la resistencia patriarcal de algunos estudiantes, aunque cada vez menor. El segundo, enseñar en la Universidad de Antofagasta a una nueva generación de estudiantes con gratuidad, muchos de ellos primeras generaciones universitarias, con realidades complejas que requieren apoyo. Y el tercero, la inclusión: hoy tenemos estudiantes neurodivergentes y debemos innovar en la enseñanza sin bajar exigencias. Eso me apasiona. Incluso me ha hecho reconocer mi propia hipersensibilidad y entenderla como parte de esa diversidad humana.

¿Qué es lo que más te hace sentir orgullosa de ser antofagastina?

Que esta tierra permitió a mis ancestros salir de la pobreza y formar familia. Antofagasta es generosa con el trabajo humano. Me enoja cuando dicen que es fea: yo la encuentro hermosa, resiliente, colgada entre quebradas y cordillera. Y sobre todo, me enorgullece el mar. Ahí soy feliz, como si fluyera en él.

Si pudieras dejar un mensaje a las nuevas generaciones de antofagastinos y antofagastinas, ¿cuál sería?

Que superen el patriarcado, porque no solo libera a las mujeres, también a los hombres. Que no pierdan la pasión por leer y estudiar. Que no se conformen con el consumo, que viajen, se cultiven y amplíen horizontes. Leer te hace crecer sin moverte del lugar. Y que nunca pierdan la capacidad de asombro ni la sensibilidad frente al dolor del otro.