Seleccionar página

“El teatro, como edificio, es mucho más que un lugar para actuar: es un espacio de construcción social, política y cultural”

Alberto Olguín Durán es director teatral, actor y académico con más de tres décadas dedicadas a las artes escénicas en Antofagasta. Fue actor y director en la Compañía de Teatro de la Universidad de Antofagasta, ha dirigido más de 25 obras y actuado en más de 50 montajes, impulsando proyectos clave como la restauración del Teatro Pedro de la Barra.

Reconocido con premios regionales y nacionales, es también autor de libros sobre teatro y formación artística. Actualmente, lidera la carrera de Artes Escénicas de la Universidad de Antofagasta —la única en el norte de Chile— y continúa creando, dirigiendo y fortaleciendo el desarrollo cultural de la región.

Tu formación combina las artes escénicas con estudios en ciencias sociales y comunicación. ¿Cómo influye esa mezcla en tu forma de hacer teatro?

Se refleja en todo lo que hago. No existe posibilidad de que lo que uno monta en un escenario no tenga que ver con lo que vive a diario. Antes, los directores éramos la voz del autor, pero hoy creo que los textos, como las canciones o los poemas, son de dominio público: el público les da su propio sentido. Desde las ciencias sociales he aprendido a organizar equipos, tomar decisiones y liderar, pero también a investigar, lo que me llevó a escribir sobre patrimonio, como en Teatros olvidados.

¿Cuándo te diste cuenta de que querías dedicarte al teatro?

Fue cuando estudiaba en la Escuela Artística de la Universidad de Chile en Antofagasta. Llegaban teatros itinerantes con gente como Andrés Pérez o Alfredo Castro, y yo no tenía idea de quiénes eran, pero participaba en talleres. Recuerdo un acto en el que me tropecé en el escenario y la gente rió; fue impactante. Desde entonces cambié el violín por el teatro. Actuar reunía a mis padres separados, y eso me marcó mucho.

¿Qué te motiva a crear una obra?

Primero, que me guste. Me atrae la parte estética, la visualidad. A veces trabajo con un texto dramático y otras desde una idea, adaptando obras de otros géneros. He hecho adaptaciones de Hernán Rivera Letelier, Los trenes van al purgatorio, Habitante del cielo o El Quijote. La idea es siempre llevar algo propio a escena.

¿Cómo ves el vínculo entre la identidad local y el teatro que se hace en la región?

Hoy vivimos un momento interesante: tenemos la carrera de Artes Escénicas, se recupera el Teatro Pedro de la Barra y surgen nuevas compañías. El reto es que la identidad no se quede solo en lo geográfico o étnico. Hay que tensionar lo que tenemos, darle vida propia a los personajes y crear un objeto estético independiente del director y los actores.

¿Cuáles crees que son los desafíos para las nuevas generaciones de artistas escénicos?

Son dos y deben ir de la mano: encontrar una poética personal, una forma única de decir las cosas, y desarrollar capacidad de gestión para crear y sostener proyectos. No basta con esperar que alguien te venga a buscar. Hoy la formación se cruza con otras disciplinas, y eso está bien. Hay muchas maneras de trabajar en el teatro sin ser necesariamente actor.

¿En qué proyectos estás trabajando actualmente?

Ahora estamos reactivando el Teatro Universitario con montajes y preparando para 2026 la obra Rinoceronte. También escribo una obra sobre personas que no calzan, vinculada a procesos migratorios, y sigo investigando sobre edificios teatrales en el norte de Chile. El teatro, como edificio, es mucho más que un lugar para actuar: es un espacio de construcción social, política y cultural.