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“No importa la profesión: matemático, científico, pescador… todos tenemos historias valiosas que contar y escribirlas es dejar huella”

Rodrigo Ramos nació en Antofagasta y ha convertido el norte de Chile en el escenario y motor de su obra. Es periodista y escritor, autor de novelas como Alto Hospicio, Namazu, Pinochet Boy y Ciudad Berraca, publicadas en editoriales que van desde Quimantú hasta Alfaguara y LOM. También ha explorado la crónica y el cuento, con títulos como Tropitambo y Palo Blanco.

Su pluma lo ha llevado a ganar becas, estar en finales de premios de periodismo y a ser jurado en concursos literarios, entre ellos Antofagasta en 100 Palabras. Sus libros abordan desde la crudeza del crimen hasta la memoria de la dictadura y la migración, siempre con una mirada crítica y provocadora, no solo narrando historias, sino también ayudando a construir la identidad cultural de nuestra Región.

Como antofagastino ¿Qué huellas de la ciudad del norte grande se cuelan en tu literatura?

Antofagasta es una ciudad de mucha población flotante: por la minería, las universidades y también por la migración. Uno siempre está observando cómo cambia, cómo muta. Cada cinco o diez años, observarla es como tener una fotografía distinta. Ese dinamismo le da a la ciudad un carácter muy eléctrico, muy peculiar, que impacta en la cultura y, claro, también en mi escritura.

¿Qué papel crees que tienen el desierto, el mar y la historia regional en esa identidad cultural que se está construyendo?

El desierto y el mar son fundamentales. Mucha gente llegó aquí a aventurarse, a forjar vida en un territorio inhóspito, sin agua. Fueron generaciones que construyeron ciudad a pulso, con esfuerzo, instalándose en condiciones durísimas. Está la corriente migratoria marítima, la de quienes desembarcaron desde barcos, y también todo lo que implicó la Guerra del Pacífico y la anexión de estos territorios. Hay una memoria territorial ligada a la riqueza minera, a la falta de agua, al río Loa, a las vaguadas costeras que permitieron la conquista del desierto. Eso está muy presente en nuestra identidad y también en lo que escribimos.

Me gustaría retroceder un poco en el tiempo. ¿Cuáles eran tus clases favoritas en el colegio?

De niño me gustaba mucho la historia, sobre todo la antigua: Grecia, Napoleón, las hazañas militares. También me interesaba el lenguaje, aunque debo decir que no era como ahora. En los años 80 los programas de lectura eran distintos: los textos eran muy extensos, difíciles de abordar. Pero había libros con los que sí lograba enganchar, como la Ilíada o la Odisea, donde uno podía entrar en la épica de los héroes. Eso me marcó mucho.

¿Hubo algún libro que te inspirara directamente a escribir?

En mi casa había una gran biblioteca, con esos tomos rojos enormes. Me gustaba leer Guerra y Paz de Tolstoi, aunque solo por partes: las batallas, los enfrentamientos. No lo leía completo, pero me fascinaban esas escenas tan detalladas. Como no había tanta oferta audiovisual en ese tiempo, el libro entregaba todo: las imágenes, la película en tu cabeza. Eso fue muy formativo como lector y más tarde como escritor, porque uno va aprendiendo a mirar los detalles, la puntuación, el ritmo.

Hoy, como lector, ¿qué te interesa más?

Actualmente leo bastante narrativa chilena. Tengo varios libros en mi velador, también me llegan novedades por los círculos literarios en los que participo. Recientemente estuve leyendo un libro de crónicas sobre Antofagasta que rescata pasajes de la historia local, esas anécdotas que a veces olvidamos. La ciudad tiene una memoria frágil, cambia tan rápido que cuesta retenerla. Por eso valoro tanto a los autores nortinos que la registran.

¿Cómo describirías el estado actual de la escena literaria en Antofagasta?

Hay una movida interesante. Le debemos mucho a Andrés Sabella, por supuesto, pero también hay generaciones más jóvenes —y nosotros, los que estamos en medio— que estamos trabajando. Faltan más conexiones entre las distintas generaciones: que los escritores mayores reconozcan lo que hacen los jóvenes, y viceversa. Existen espacios y la gestión de personas que han ayudado a generar comunidad. Pero todavía falta construir más puentes, más revistas, más apoyo de las universidades.

¿Y qué falta para que la literatura nortina tenga mayor visibilidad a nivel nacional e internacional?

Lo primero es que las editoriales del norte se unan y trabajen como bloque. Ya hay algunos intentos con editoriales de Arica e Iquique que van juntas a ferias nacionales y extranjeras. Eso es clave. También falta traducir nuestras obras. Hay interés internacional en el desierto, en nuestras historias, pero no llegamos porque casi no existen traducciones. Traducir autores contemporáneos del norte sería un gran paso.

¿En qué proyectos estás trabajando actualmente?

Estoy entusiasmado con un proyecto infantil-juvenil llamado “La historia de una camisa”, es un libro ilustrado que habla sobre reciclaje de ropa y está pensado para adolescentes y niños. También tengo otros manuscritos en desarrollo, con temáticas más críticas o políticas. Según el enfoque, busco editoriales distintas. Pero lo importante es seguir escribiendo y compartiendo.

¿Qué mensaje le darías a quienes siempre han querido escribir y no se atreven?

Que se lancen. Todos podemos escribir. Muchas veces el miedo viene de pensar que hay que hacerlo perfecto desde el principio. Yo siempre digo: primero cuenten la historia en voz alta, grábense. La oralidad ayuda a organizar las ideas, y luego se puede pulir el texto. No importa la profesión de uno: matemático, científico, pescador… todos tenemos historias valiosas que contar y escribirlas es dejar huella. Los libros son inmortales: nos acompañan siempre, incluso cuando se corta la luz.