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“Me llena de orgullo ver cómo las empresas mineras han asumido compromisos reales con la equidad de género, abriendo puertas reales a las mujeres en una industria históricamente masculina”

Macarena López es ingeniera civil industrial de la Universidad Adolfo Ibáñez, MBA en Innovación por la Universidad de California, San Diego, y exalumna del Antofagasta British School. Su carrera comenzó en el mundo de las telecomunicaciones, pero fue en Estados Unidos, mientras cursaba su MBA, donde conectó profundamente con la innovación y fundó su primera empresa junto a su marido, en un camino que los llevó a vivir cinco años en el extranjero.

Con tres hijos y una valiosa experiencia internacional, decidió volver a sus raíces y regresar a Antofagasta. Desde entonces, ha enfocado su talento en el sector minero, aportando una mirada fresca, innovadora y regional al corazón productivo del norte de Chile.

¿Cómo recuerdas tus primeros años en Antofagasta y qué tan presente has mantenido ese vínculo cuando estuviste fuera del país?

Soy antofagastina de corazón. Aunque me fui por varios años, finalmente la vida me trajo de vuelta. Recuerdo mi infancia en Antofagasta como una etapa muy tranquila y segura, con muchas libertades. Podíamos disfrutar de los espacios abiertos, la playa, el clima… la verdad es que tengo los mejores recuerdos. Conservo grandes amistades de esa época, vínculos que he podido mantener hasta hoy.

¿Qué te motivó a estudiar ingeniería y cómo fue marcando tu camino profesional?

Me iba bien en todo en el colegio, y eso a veces lo hace más difícil, porque cuesta elegir. Me gustaban mucho las matemáticas, así que opté por ingeniería. Hoy puedo decir que fue una excelente decisión. Me encantan los números, y estoy muy contenta con la carrera que escogí.

Tu paso por Estados Unidos fue un punto de inflexión, especialmente en el mundo de la innovación. ¿Cómo fue esa experiencia estudiando un MBA en San Diego?

Fue una experiencia profundamente enriquecedora. Desde que entré a la universidad en Chile supe que algún día quería estudiar fuera del país. Tomé todas mis decisiones profesionales con ese objetivo en mente: hacer un MBA. Al salir de la universidad ya tenía trabajo, pero decidí no tomarlo e irme a estudiar inglés a Canadá, porque sabía que ese idioma sería clave para el futuro. Estuve allá nueve meses, y al regresar comencé a trabajar para ahorrar y cumplir mi meta. Después de seis años me casé. Con mi esposo compartíamos el mismo sueño, así que nos fuimos juntos a San Diego a estudiar. Íbamos por un “año sabático”, pero de sabático tuvo poco. A los tres meses ya estábamos creando una empresa y dándonos cuenta de que nuestra pasión estaba en la innovación. Desde ahí surgió la inquietud de ver cómo conectar ciencia y el mercado.

¿Crees que esa experiencia fue lo que te inspiró a cimentar tu futuro como emprendedora y empresaria?

Absolutamente, eso marcó un antes y un después. Aunque después seguí un camino más corporativo, siempre he buscado integrar la innovación en cada proyecto donde he estado. Me dio una nueva mirada, una forma distinta de observar las oportunidades. Sin duda, durante el MBA empezamos a mirar el mundo con lentes de oportunidad: cada situación la analizábamos preguntándonos si tenía viabilidad como negocio. Sin darnos cuenta, nos metimos en esa dinámica de pensar constantemente en soluciones. Eso te lo entrega un buen MBA: te enseña a mirar más allá de los límites tradicionales, a romper fronteras mentales. Y en Chile, muchas veces esas barreras las ponemos nosotros mismos.

¿Qué significó para ti y tu familia volver a Antofagasta luego de cinco años fuera? ¿Qué cosas viste con nuevos ojos al regresar?

Volver fue reencontrarse con una ciudad distinta, noté una transformación. Había vivido el auge minero de los años 90, cuando comenzaron a llegar los extranjeros y todo empezó a cambiar. Pero ya de regreso, vi una ciudad más de paso, donde muchas personas vienen a trabajar y se van. Sin embargo, hay cosas que no cambian: los afectos, las amistades, la familia. Eso sigue haciendo de Antofagasta un lugar especial.

Al ingresar al mundo de la minería, ¿Con qué desafíos te encontraste y cómo te ayudó tu experiencia previa a enfrentarlos?

Cuando regresé a Antofagasta, venía de una carrera más bien corporativa en Santiago. Pero ya muchas decisiones se tomaban desde allá, y las oficinas regionales eran más operativas. Me costó encontrar espacios donde aplicar mi experiencia. Fue entonces cuando me ofrecieron asumir la gerencia general de una empresa minera que estaba en proceso de profesionalización. Era un gran desafío, especialmente porque nunca antes había trabajado directamente en minería.

¿Qué significó para ti este cambio?

Fue radical. Pasé de un mundo orientado al cliente, con relaciones basadas en muchos usuarios, a uno con pocos clientes pero relaciones mucho más complejas. Además, la empresa creció muchísimo: de 100 empleados pasamos a más de 700 en siete años. Fue exigente, pero muy gratificante. Y claro, estaba el tema de género. Hoy me llena de orgullo ver cómo la industria ha cambiado. Las empresas mineras han asumido compromisos reales con la equidad de género, han creado programas para formar y capacitar a mujeres. Eso abre puertas reales en una industria históricamente masculina.

Desde tu mirada profesional, ¿cómo ves el potencial de Antofagasta para liderar procesos de innovación en minería?

Antofagasta tiene todo el potencial. Hoy se están alineando muchas voluntades. Hay iniciativas público-privadas muy interesantes, como el reciente lanzamiento del Instituto Tecnológico del Litio. Siento que estamos en un momento único. Podemos transformarnos en un polo de innovación tecnológica aplicada a la minería. Pero para lograrlo, debemos conectar de forma efectiva la academia con la industria. Si miramos modelos como Silicon Valley, la innovación nace desde las universidades. Yo creo firmemente que acá también podemos hacerlo: desarrollar patentes, formar talento local y convertirnos no solo en líderes en producción, sino también en innovación.

¿Qué sueñas para las generaciones que crecen hoy en Antofagasta?

Sueño con una ciudad donde todos estemos orgullosos de nuestras raíces, donde valoremos lo que la minería nos ha dado. Me imagino una ciudad segura, donde las familias tengan espacios para convivir, donde nadie tenga que irse a Santiago a estudiar porque aquí tengamos una oferta educativa de primer nivel. Quiero una ciudad que no tenga sucursales de empresas, sino que sea la matriz de su propio desarrollo. Sueño con formar a los profesionales que esta región necesita: en minería, en robótica, en energías renovables. Que los niños que hoy crecen aquí puedan quedarse, estudiar aquí, desarrollarse aquí.